jueves, 4 de agosto de 2016

Argumentación dialéctica vs el dogma del odio

"¿Qué pasa? ¿que no entienden que nos están cagando a todos?"... lo churo es que esa frase puede pertenecerle a cualquier vereda de la pavimentada grieta que constituyeron los militantes del dinero. De repente intentar consensuar se volvió épico porque ya no importa cuales son las ideas que argumentes siempre existirá quien esgrima como contra argumento una falacia referenciando a un personaje; pues son los medios porteños quienes construyen mediáticos ya que son los que tienen la guita para realizar las inversiones que le permitan tener repetidoras en todo el país y ojo que no hablo de los periodistas o de quienes intentan ejercer el periodismo, que pone el foco en las causas y las consecuencias sino en ese engendro que por deriva semántica es hoy considerado periodismo, esa profesión que mezcla ser personaje, conductor, panelista, mediático, famoso, opinólogo, víctima, victimario y por sobre todo dueño de la verdad; porque si lo dice la televisión debe ser verdad. Recuerdo lo compleja que fue la lucha de hacer entender que lo publicado en papel de diario no era una infalible verdad sino que podía pertenecer a una operación político-mediática; fue una lucha. Muchos tomamos nuestras armas dialécticas y arrostramos batalla tras batalla en lo cotidiano ejercitamos la paciencia para escuchar e intentar razonar con nuestros colonizados conciudadanos. Durante un tiempo los aciertos de la gestión anterior nos permitió ejemplificar con realidades palpables (asignaciones, subsidios, precios cuidados, paritarias, moratoria previsional o sea jubilaciones para quienes laburaron en negro toda su vida, etc.) que las líneas ideológicas del gobierno correspondían hacia toda la población en bienestar social pero seguíamos peleando contra una bestia que baja línea y la dirigencia empezó a no tener la competencia de "responder sin atacar" (¿?). Suena a boludez lo que aquí refiero, ¿cómo peleas sin atacar?... En este momento hay un gobierno de personas que cínicamente toman medidas anti populares pero con cara de póker, se aferran a su verdad sin prestar oído a las críticas populares y continúan teniendo la aprobación de una importante porción de la población que fue cooptada por el dogma del odio que todos los días les insuflaron mediante el que a priori aparenta ser el electrodoméstico más inofensivo de la casa, la TV.  La lucha es descarnada por que constituyeron mediáticamente a nuestra identidad ideológica en estigma y parte de la sociedad cuestiona a la TV como adolecentes que cuestionan a sus padres desde la absurda rebeldía, sin profundidad, sin cotejar con otro ser humano más que por las redes sociales donde más de uno se transforma en un monstro sociópata que oscila del troll al ser con la inmediatez que facilita la virtualidad para terminar revistiendo de una veracidad alucinada a memes y gifs eludiendo la deóntica comunicación para construir un consenso popular que nos guie a un país tolerante, inclusivo, respetuoso y soberano.

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